¡Entre los Testículos se Encuentra el Poder?

Por: Hilda Arzeno

No sé si nací mujer o hombre. No sé si sea necesario marcar o atarse a un sexo definido. Creo que eso sería nimiedad. En la actualidad no hablamos de sexo femenino, el nuevo lenguaje implica hablar de género, es decir centrarnos en lo que de verdad significa nuestra identidad, como somos aceptados o reconocidos por los demás o por nosotros mismos.

En nuestra sociedad nacer mujer implica muchas cosas, ser sumisas hasta los tobillos, aprender hacer oficios para algún día tener un marido. Y si es hombre comportarse como tal, ser fuerte, no llorar, ni hacer nunca gestos femeninos. Pero con temor he crecido en una generación que se alarma de los viejos patrones, pero que no se da cuenta de que hay muchas personas de la misma onda que no comparten nuestro concepto de libertad, de autenticidad, de independencia, y que olvidan que hay que  ganarse su propio espacio a pulso, que prefieren los viejos patrones, aguantar maltratos, esperar un marido que trabaje por ellas y que le traiga la cena, mientras ella pasa la tarde de ama de casa y viendo novelas. O un marido que nunca sea sensible, que ante su fortaleza sea un maltratador aún de palabras, porque los machos hablan fuerte, que jamás pida ayuda para no parecer débil. Por suerte esa es la posición que no he querido elegir, y me mantengo firme aunque días como hoy reconozca que somos muchísimas las mujeres inteligentes, bellas, independientes, profesionales y que con todas estas condiciones lo único que provocamos es temor en los hombres. Precisamente en esos que han sido criados a la antigua. Matizados por el machismo vergonzoso.

Hay mujeres que no reconocen el desequilibrio con el que lidiamos en aspectos de género, que olvidan que la equidad debería ser la regla del juego. La posibilidad de ser golpeadas, violadas o ignoradas es un motivo suficiente para saber que aún existe la discriminación, que no somos vulnerables que nos vulneran. Que el asunto es más alto que decir unas y unos, niñas y niños, que un nosotros no es la panacea. Que el simple hecho de no llegar a los puestos más altos de trabajo, a la presidencia de la República, de una jefatura son hechos que al parecer resultan naturales ante la mayoría, sin advertir que hay claras injusticias de género.

Ese bendito determinismo biológico ¨hombre o mujer¨es precisamente lo que nos hace daño. Los genitales no deberían nunca marcar pautas, salarios, oportunidades ni beneficios adicionales. Las relaciones con el poder parecen estar directamente vinculada a los testículos. Mientras mantengamos una posición marcada por el sexo estaremos enfatizando el poder de lo masculino.

Creo que hay un punto aún más peligroso y vergonzoso es la posición de muchas mujeres que repiten ideas machistas, pensamientos de otros, olvidan que los triunfos de las mujeres son de todas y que la equidad de género no sólo beneficia a las mujeres sino a la sociedad, sólo hablamos de igualdad. Si igualdad, no esa que se ha confundido con el feminismo barato que significa que hagas de ama de casa, profesional, madre, proveedoras, y de paso que si es necesario que paguemos todas las cuentas, no, no queremos desequilibrios, buscamos igualdad de salarios, de oportunidades, de posiciones, de poder, de sueños, de reconocimiento, en una frase ¨Igualdad de Género¨.

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